Mallorca. Suena bien, ¿verdad? A mí suena como a un lugar paradisíaco. Mallorca. Mallorca. M a ll o r c a... Mallorca. Suena a Mediterráneo, a luz, a sol, a casas blancas en la costa, a mares en los que te metes y se te ven los pies, a peces de colores, a pieles morenas, y cabellos largos, a uñas pintadas y refrescos en la playa, a arenas blancas y suaves, a cervezas frías, a sangrías con hielo, a calas, a chiringuitos, a salsa, a rocas, a buena comida, a siestas largas... Suena a verano.

Una se espera eso y mucho más, pero como todos sabemos, las cosas nunca salen como queremos o esperamos que salgan. En lugar de ese parador mediterráneo, nos encontramos con un aeropuerto hasta arriba de gente, un viaje en autobús maloliente de una hora, bordeando la costa a una velocidad peligrosa para el tamaño del vehículo acompañadas de señoras cotillas y niños llorones. Veíamos como en cada curva, el autocar se movía peligrosamente hacia la derecha, luego a la izquierda, y "¡Ohhhh!" y " ¡Ahhh!". Cuando por fin llegamos a nuestra parada, después de subir lo que nos pareció una cuesta infernal con 20 kilos a cuestas, llegamos a nuestro hotel. ¿Y la playa? ¿Dónde está la playa? ¿No hay playa?. "Oh, si, mirad, si salís por la puerta principal y seguís andando, veréis unas escaleras, bajad y ahí la tenéis". Menos mal, había playa. Después de que el de recepción escribiese mi nombre en mayúsculas al lado de un
"DEBE", y fuese catalogada como una morosa debido a problemas técnicos con mi tarjeta, dejamos las cosas y fuimos a comer.
Casi las tres de la tarde, seis chicas españolas y hambrientas con cara de emoción buscando algún sitio en el que comer. Nunca me hubiese imaginado nada como lo que vimos. Realmente te hace dudar de si todavía sigues en España. Piensas "hum, tengo cobertura española en mi móvil, y servicio de datos, así que debo de seguir en España... el recepcionista era español, ¿no?", pero luego miras a tu al rededor. Carteles en inglés, la bandera de Inglaterra por todas partes, en las tiendas y restaurantes te hablan en inglés. Los famosos "guiris" y "hooligans", paseandose por las calles de Magalluf. Tan rubios y tan morenos, tan fuertes y tan... ingleses. Chicas en bikini y con pestañas postizas intentando que entres en su bar. A falta de algo mejor, nos comimos un kebab. Acordamos encontrarnos a las 7 en el hotel, para ir a cenar. A las 7. El hotel era uno de ellos. Íbamos a tener que amoldarnos a los horarios alimenticios de los guiris.
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Una oye Mallorca y se imagina una playa grande, de arena suave y sedosa, una arena que se escapa de la piel de forma sensual, un agua cristalina. Una playa grande y espaciosa. Eso era exactamente así, pero claro, a más grande, más gente acoge. Pilar y yo nos tiramos en la arena, con nuestras toallas, a dejar que el sol se hiciera con nosotras. Pronto empezamos a notar la sed. Se nos había olvidado el agua en el bolso de Mónica. ¿compramos una botella? El monedero también. "Puff, ¡qué calor! Ali anda ponme crema en la espalda". No hay crema. Ya son las 6, ¿jugamos a las cartas? Ah, que tampoco. Ahí estábamos. Las dos sentadas en la toalla, muertas de sed, sintiendo como nos convertíamos poco a poco en quemaduras.
Observavamos pasar a la gente. A las familias con sus niños jugar en la orilla, las parejas pasear de la mano, los grupos de jóvenes, escuchar música o jugar a las cartas o a las palas. Al menos, nos pudimos rehidratar con el buffet de la cena del hotel.
Salimos por la noche, fuimos a los bares de la zona. Todos ingleses, todos borrachos. Al final conocimos a un grupo bastante peculiar, pero simpáticos. Volvimos a quedarnos Pilar y yo solas, reafirmando nuestra "coalición mujer-mujer".
Así, hemos pasado una semana. Despertándonos a las 10, desayunar, y volver a la cama, sobre las 2 despertar de nuevo y comer nuestros bocadillos de jamón y tomate mal hechos. Bajar a la playa, o andar los 20 minutos cuesta arriba que separaban nuestro hotel del resto. Dormitar, bañarnos, jugar a las palas, partidas de cartas, ir a pescar pulpos, tomando el sol, saboreando las frías cervezas. Volver al hotel, cenar y vaguear hasta la hora de salir por la noche. Y repetir la misma operación, día tras día. Sin prisas, sin agobios, sin obligaciones, sin nada que hacer. Hemos conocido a gente, los extranjeros te hablan, te suben la moral. Siempre que sales, te vas a llevar un "¡guapa!" mal pronunciado, o un "hola señorita". Puedes barajar los múltiples pretendientes con potencial para ser el amor de tu vida.
Magalluf era un "paraíso turístico". Todo está pensado para los turistas. Solo hay enormes cadenas de hoteles inmensos que se comen el paisaje. Solo hay tiendas para turistas, especialmente extranjeros. Ha sido una de las mejores semanas de mi vida, y una genial forma de empezar el verano.