jueves, 21 de junio de 2012

¿cómo afrontar las decepciones?

¿Cómo se afrontan las decepciones? Cada uno tendrá su manera, digo yo. ¿No? En dos días me he llevado dos de las peores noticias. Este año en general ha sido duro en ese sentido. Han ocurrido cosas para las cuales no estás preparada. En absoluto. Cosas terribles.Por un momento, esta semana he conseguido desconectar de prácticamente cualquier preocupación. Sin embargo, al pisar el suelo español de nuevo, me he dado cuenta, de que solo las había dejado apartadas. Digamos que había huido de ellas en un Sol Meliá de cuatro estrellas en primera línea de playa.

Al volver me he encontrado con que un familiar no muy cercano ya no estaba entre nosotros. Quieras que no, eso te tiene que afectar de alguna forma. Sobre todo si quienes viven contigo les ha tocado tan cerca. Para sentirme mejor, me fui de compras y me comí un helado de dos bolas más grandes que mis manos de tarta de queso. Helado y tarta de queso. ¿Qué más se puede pedir? Puede que sea esa la manera en la que yo ahogue mis penas. Invadiendo mi cuerpo de calorías, azúcares y grasas saturadas. No me importó absolutamente nada que tuviese fiebre, o que en cada tos pareciese que fuese a expulsar  los pulmones por la boca, o que me hubiese convertido en la mayor fábrica de mocos de todo el mundo y parte del extranjero. Me senté en un banco a saborear mi dulce pecado. Cielos, ¡estaba buenísimo! Intenté alejarme un poco, parecía que se habían congregado en esa calle todos los ancianos de Madrid, y ya se sabe que éstos en cuanto ven a un adolescente solo y con cara de confuso, van a soltarles el rollo. No digo que a veces no sea curioso y agradable, pero era uno de esos días en los que entablar cualquier tipo de contacto social con el mundo no es si quiera planteable.

Llegué a casa, me acurruqué en el sofá, me comí media pizza y me quede viendo Mujeres Desesperadas. Es lo que yo llamo pasarlo en grande. Quería acostarme pronto, a las 7 de la mañana colgaban las notas de PAU en Internet. No me ha servido para nada. Entre mi situación sanitaria y los nervios de saber la nota, he dormido fatal. Levantándome cada poco, con frío y luego calor, sudando y tiritando. Al final me he levantado a las cinco menos cuarto, me he tomado un vaso de leche con su buen regimiento de galletas María, he leído hasta las seis y he pensado  "bueno, solo me queda una hora, haré tiempo hastzZzzZzZz...". Exacto. Dormida. Totalmente dormida. A las diez y media he abierto un ojo justo para ver el mensaje de la amargura; mi nota de PAU. 7,147. No podía ser. He corrido al ordenador, para tristemente verificar que sí, sí podía ser y lo era. Le he llorado, gritado, insultado y maldecido al ordenador por un tiempo mínimo de una hora. Mi madre, en vano, ha intentado calmarme. Luego, me he ido a llorar a mi habitación, dejando las impolutas sábanas blancas llenas de mis lágrimas. He llorado en la ducha. En el coche. En casa de mi padre. En el sofá después de comer. ¿Cuántas lágrimas tenemos? Al parecer yo tengo muchas, porque sólo he dejado de llorar para comer.


Tenía claro que un poco de helado no iba a hacerme sentir mejor. Me he sentido ridícula y avergonzada. Sí, he sacado una mierda de nota en la Selectividad, pero no es el fin del mundo aunque ahora para mí lo sea. Sé que hay muchas otras opciones, aunque en estos momentos yo esté en plan "lo mejor que puedo hacer es ponerme a vender bragas en Hortaleza". Yo creo que eso se me daría bien, tengo una voz atractiva al parecer, sólo me falta fingir un poco el acento de vendedor deambulante, ¿qué tal así?: ¡NIIIIÑAAAAAA! PRESIOSA PERO MIRE UHTÉ QUE BRAGAH QUE TENGO AQUÍ, DE ALGODÓN PURO OIGA, ¡QUE NO RAHPAN! VAMOS MUSHASHA, MIRA BONITA SINCO BRAGAH POR DOH EUROH. Yo creo que lo hago bastante bien. Bueno, que esa no tenía que ser la moraleja de mi historia, si no que aunque no haya sacado la nota esperada, mi vida no se acaba aquí, de hecho, sólo acaba de empezar.

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